Cuando se acumula un numero notable de victorias consecutivas (y cinco es un guarismo rayano en el sobresaliente si de partidos de fútbol ganados se habla), cada vez que se afronta un nuevo choque la racha en buena lógica está más cerca de romperse.
Esa trayectoria puede
quebrarse en un encuentro en el que mereciste sin duda aumentar la serie de
triunfos pero el desacierto ante el gol lo evitó; en un duelo en el que fuiste
realmente inferior y el rival plasmó sobre el campo su superioridad o puede romperse
tras jugar un partido en el que no te hiciste acreedor a la victoria pero en el
que igualmente dio la impresión de que, a pesar de no haberte encontrado a
gusto casi en ningún momento, de haber entendido mejor la coyuntura del
enfrentamiento bien hubieras podido alcanzar la sexta victoria seguida en la Liga.
Realmente resulta difícil
de explicar los primeros treinta y cinco minutos del primer tiempo disputados
por el Pontevedra el sábado.
A lo largo de los
mismos, pudimos ver a un equipo en exceso contemplativo cuando el rival tenía
la pelota y exasperantemente lento en aquellas ocasiones en las que el balón
estaba en su poder.
Fue tan tímida la
puesta en escena del conjunto granate que la modorra que los futbolistas
parecían acumular sobre la indecente hierba de Pasarón acabó por contagiarse a
unas gradas que acabaron por desconectarse del juego tal y como aparentemente
estaban haciendo sus jugadores.
Del calamitoso estado
del césped, aunque sea un tema ya conocido y que se agudiza hasta el extremo con
la llegada del invierno, hay que seguir hablando.
No, el Pontevedra no
dejó de ganar al Arenteiro por el indefendible barro- achocolatado en el que
gran parte del estadio se convierte por estas fechas y que hace casi imposible
que ruede la pelota.
Además, como es lógico,
el campo está igual de mal para los dos equipos y como muchas veces repite
Rubén Domínguez es mejor evitar excusas a la hora de enjuiciar la labor de su
equipo.
Ahora, una cosa es no
escudarse en el patatal infecto que es ahora mismo el césped de Pasarón y
tratar de justificar por ahí el empate del otro día, y otra muy diferente es no
dejar de denunciar que esta situación daña terriblemente la imagen del
Pontevedra CF como institución y también (y eso lo digo yo) perjudica la labor
de futbolistas que basan su talento o imaginación en la pelota y en su adecuada
circulación. De esos, el Pontevedra tiene a algunos cuya labor es bastante más
fácil de controlar con este pasto para vacas en el que se ha convertido la
otrora frondosa hierba de nuestro estadio.
Es este tema, el del
césped, solo uno de los principales problemas que desde su misma inauguración
arrastra este estadio en el que ni las cubiertas están construidas con la
debida orientación para que gran parte de los aficionados no se empapen cada
vez que cae agua del cielo (circunstancia, como es sabido, bastante habitual
por estos andurriales).
Eso sí, cada vez que el
equipo consigue éxitos deportivos y las gradas rebosan de gente, léase sin ir
más lejos el ascenso del verano pasado o la excelsa Copa del Rey disputada,
todas las autoridades habidas y por haber se reúnen en el “macropalco” para la “foto”
y se abrazan y regocijan con eso que he dado en llamar la “cúpula” y que está
formada por la Presidenta de la entidad y algún otro que aprovecha alguna
rendija para colarse dentro.
Ni unos ni otros, por
desgracia, toman decisiones en conjunto para que esta situación no perdure en
el tiempo y al menos la pelota pueda rodar como algo parecido a un esférico y
no a una liebre asustada por el ruido de una batida de cazadores cercana.
El caso es que durante
esos treinta y cinco minutos de partido, el Arenteiro sin hacer nada del otro
mundo fue mejor que el Pontevedra, movió la pelota con más criterio y dio la
impresión de haber digerido bien la comida y estar jugando un partido de fútbol
de competición.
Como colofón a este
largo tramo de encuentro en el que el Pontevedra apenas compareció, se produjo
una falta que ya resultó “extraña” en su origen. Una acción en la que la pelota
era controlada por Yelko a unos quince metros del área granate acaba con una
infracción de este a un rival que pugnaba, sin conseguirlo, por arrebatarle el
balón.
El colegiado del
partido, uno de esos que siempre gusta que te piten fuera de casa (el mismo que
dirigió aquel infausto Pontevedra- Ourense), no dudó en señalar la falta y
amonestar de propina a un disconforme Pino.
El estrambote siguió
con la decisión de Marqueta de colocar solo dos jugadores en la barrera y de
colocarse bajo palos en una ubicación por lo menos llamativa.
El caso es que Jordan,
jugador carballinés, aceptó el reto e incrustó la pelota al fondo de las mallas
junto al palo contrario en el que estaba nuestro portero al que no le dio
tiempo a llegar.
Esa jugada supuso algo
así como la irrupción del sonido del despertador en la cabeza de los jugadores
granates.
De pronto, el equipo
recobró la movilidad, el ritmo y la intención y no solo logró el empate un par
de minutos después del 0-1 en una acción de Resende finalizada de cabeza tras
rechace por Eimil sino que generó un par de ocasiones más que bien pudieron
haberle puesto por delante antes del descanso.
Se había pasado en un
abrir y cerrar de ojos de un escenario en el que el Pontevedra parecía
despistado y fuera de onda a otro en el que recuperó la energía e hizo temblar
a un sistema defensivo visitante que pecó de fragilidad en ese arranque de
furia granate.
Lo normal era pensar
que el Pontevedra pudiera aprovechar la inercia del fin del primer tiempo para
salir activo y seguir metiendo ritmo al partido hasta desnivelar la balanza a
su favor.
Lo cierto es que no fue
así.
Es evidente que el
rival también juega y que no solo depende de lo que tú hagas o decidas en el
campo pero la impresión que se tuvo desde fuera es que el Pontevedra concedía
otra vez con demasiada facilidad la iniciativa del juego y la posesión a su
rival y que este recuperaba, a base de acumular pelota, gran parte del oxígeno
que había perdido en los minutos previos al descanso.
Eso sí, dio tiempo en
los primeros minutos tras la reanudación a que Yelko entregara un pase
maravilloso a Expósito (titular por la sanción de Cuesta) para que este
penetrara en el área y enviara un disparo por encima del larguero.
Salvo esta acción, el
Arenteiro retomó el mando del partido y gozó de alguna ocasión (no demasiadas)
más por errores del Pontevedra que por acciones verdaderamente trenzadas. Aún
así, a este atribulado bloguero le gustó mucho Adilson que fue sustituido
alrededor del minuto 70 provocando cierto alivio a este ya bastante baqueteado
corazón.
Rubén intentó variar
cosas pero la verdad es que no era el día del Pontevedra.
Resende se movió de la
izquierda al centro, más cerca de Compa, para ocupar Tiago la banda pero el muy
buen futbolista, ex precisamente del Arenteiro, siguió sin encontrarse.
También retrasó a
Montoro (sin acierto el sábado en el pivote) para adelantar a un Alain al que
por primera vez se le notó con dudas atrás y que subió algo el rendimiento más
adelantado.
En ese sentido, se echó
de menos el ya clásico adelantamiento al medio campo de Vidorreta que
permaneció en el lateral y no pudo aportar esa presencia y ese físico que en
los minutos finales siempre resultan importantes en la parcela central.
Luego llegó el cambio
de Luizao, esta vez por Eimil pero esas carreras del ecuatoriano no lograron
resultados verdaderamente efectivos aunque sí contagiar un poco a una grada a
la que le costó salir de la modorra que transmitía el equipo.
En los últimos minutos,
ya con Gil que debutaba y Brais que reaparecía en el campo, el Pontevedra sí
intensificó su dominio; sí que disfrutó de dos o tres remates con cierto
peligro y sí volvió a demostrar que el Arenteiro (que movió bien la pelota y
controló al Pontevedra durante mucho tiempo) ofrecía grietas en su seguridad
cada vez que el equipo granate empujaba de verdad sobre la portería contraria.
Fueron, no obstante,
demasiados pocos los minutos en los que se apretó de verdad y no dio tiempo a
conseguir una victoria que dio la impresión de que sí podría haberse logrado de
apretar algo antes y no tan tarde y cerca del final.
Sin embargo, a pesar de
la decepción lógica que conllevó el empate, mi opinión es que no debemos perder
en ningún momento el foco.
A mí no me gustó el
equipo el sábado pasado. Creo que en el aspecto colectivo salimos muy dormidos
y el sueño duró hasta el gol del Arenteiro y que en la segunda parte debimos
salir del vestuario con una actitud más “belicosa” y dispuestos a hacer el 2-1.
En el aspecto
individual, varios de nuestros futbolistas tampoco tuvieron su mejor día aunque
recalco lo complicado que resulta mover la pelota en muchas zonas del estadio.
Aún con todo eso, no se
perdió y eso no es ninguna tontería.
Si en un partido tan
flojo (me recordó la segunda parte contra Osasuna Promesas excluyendo, lógicamente,
aquella prolongación) se consigue puntuar es que no resulta nada fácil
ganarnos.
Llegamos hasta los 34
puntos, a once de esos 45 que podrían conceder la permanencia. Mantenemos la
tercera posición y por esas cosas del fútbol incluso aumentamos un punto la
ventaja con el sexto (4) aunque el quinto por abajo nos recorta uno (pasamos de
estar a 13 del descenso, a 12).
Lo importante es que el
equipo digiera de manera correcta el empate. Que analice el partido y extraiga
las conclusiones necesarias para mejorar.
Ahora bien, lo que a mi
juicio no puede hacer el Pontevedra es presionarse por estar arriba.
El objetivo primordial
es estabilizar al equipo en la categoría.
Qué todos queremos
soñar una vez se logre la salvación? Claro. Por supuesto.
Peor estar arriba debe
ser una ilusión y una alegría. Nunca una carga o una losa en las piernas de
ningún jugador.
Ahora toca ir a Mérida,
partido harto significativo en la primera vuelta y que supuso muchas cosas.
Lo que a mí me gustaría
es volver a ver a ese equipo con ritmo y con pasión a lo largo de muchos
minutos de encuentro. Eché en falta eso ante el Arenteiro.
También me encantaría
que llegaran dos fichajes más pero eso ya…