lunes, 27 de abril de 2026

Otro disparo en el pie

Existe una estadística sobre la que ya he hablado en otras ocasiones y que entiendo como una de las claves de la buena clasificación del Pontevedra CF.

Ese dato significativo al que me refiero indica que el Pontevedra CF jamás pierde un partido cuando consigue ponerse por delante en el marcador.

No es una circunstancia baladí sino realmente mollar a la hora de conseguir cualquier objetivo que se tenga, el garantizarse al menos un punto cada vez que se hace el primer gol de un encuentro.

La estadística permanece intacta después del partido jugado hace un par de días por el conjunto granate contra el filial del Celta de Vigo. El Pontevedra marcó primero y el Pontevedra volvió a no perder.

Eso sí, lo que se ha modificado es el número de partidos que el equipo ha dejado de ganar tras marcar antes. Hasta ahora eran tres. La igualada ante los olívicos eleva ese número a cuatro.


Me fui del partido decepcionado e incluso algo cabreado, he de admitirlo.

Esas sensaciones negativas no provenían tanto del empate final (en parte sí, pero cuando te enfrentas contra el segundo clasificado es un resultado que puede llegar a ser entendible) sino por como llegó ese empate.

No se alcanza esa estadística tan importante sobre la que se está hablando en esta entrada por casualidad.

Si un gol te asegura al menos un empate a lo largo de casi toda una Liga (solo restan 4 choques para el final) es porque se ha conseguido ensamblar un sistema defensivo colectivo tan eficiente, hermético y organizado que al rival le resulta muy complicado hincarte el diente cuando se ve por debajo en el marcador.

Esa estadística requiere que las “alegrías” o fallos en el aspecto defensivo sean escasos pues de lo contrario no podrían entenderse estos guarismos.

No obstante, en los últimos partidos del torneo, el Pontevedra CF está haciendo algo que no había hecho casi nunca antes y que le ha costado puntos que quizá podamos echar de menos al final del camino.

En Zamora, día en el que el equipo manejaba el partido a su antojo aún sin profundidad, llegó un error absurdo al final del primer tiempo que lastró nuestras opciones aquella tarde, opciones que se dilapidaron por completo al regalar un segundo tanto nada más comenzar el segundo tiempo.

En Guadalajara, ya metidos en la prolongación de la primera mitad, se pierde la concentración de manera absurda no muy lejos de nuestro área y un balón que era nuestro pasa a poder de un rival que aprovecha el obsequio para comenzar la acción que terminaría en el provisional 1-1.

En el Pedro Escartín esa acción no pasó factura en la puntuación pues el Pontevedra mostró contundencia en ataque tras el descanso y batió al Guadalajara con amplitud. Eso sí, lo que conllevó “medio regalar” ese gol fue complicar un partido que estuvo en el alambre hasta nuestro 1-2.


Una semana después de Guadalajara, el Pontevedra volvió a cometer un error incomprensible en la prolongación del primer tiempo del encuentro del pasado sábado y facilitó en grado sumo el tanto del empate de un Celta que no había disfrutado hasta ese momento de ninguna oportunidad seria de gol.

Sí, sé que el balón hace un bote raro y que algo influye. También sé que el lanzamiento de Oscar Marcos es de una gran categoría, propia de un futbolista muy joven pero con unas posibilidades de futuro enormes.

Todo eso lo sé.

Ahora, lo que también sé es que en ese minuto de partido no debe existir ni la menor duda o recato en mandar la pelota fuera del perímetro del estadio antes de contemporizar o querer “rizar un rizo” que lo único que provocó es un robo de balón imperdonable y la llegada de un disparo (cómodo al coger al equipo desorganizado y sorprendido) que jamás debió producirse.

Esta vez, como en Zamora pero de forma más dolorosa, el error costó puntos pues ese empate a un tanto ya no se pudo mover del marcador.

De ahí, insisto, mi sensación de enfado al terminar el encuentro. Es esa clase de enfado que no cuestiona la gran temporada del equipo; ese enfado que tampoco duda del tremendo esfuerzo realizado bajo un calor considerable que dejó a los futbolistas exhaustos sobre el césped una vez señalado el final del partido.

Pero sí era un enfado que me invadía por ser consciente de la gravedad del error cometido en el gol en contra y lo bien que habría estado situado el choque en la segunda parte si se hubiera afrontado con el marcador en franquía.

Un enfado que me indicaba la oportunidad de oro que se había perdido para ganar el partido por esa costumbre, contradictoria con la línea que lleva el equipo durante casi toda la Liga, de tirarse tiros en el pie.


La primera parte no había sido pródiga en ocasiones de gol pero sí en ritmo e intenciones claras por parte de ambos conjuntos en buscar las cosquillas a su rival.

El Celta atacaba los caminos existentes entre carrileros y centrales (el equipo volvió a salir con tres atrás, más dos laterales largos) y aunque no creaba ocasiones si incomodaba a un Pontevedra que veía como alguno de sus defensas debía salir de su zona más veces de las deseadas para achicar algo de agua.

Por su parte, sobre un césped de Pasarón excesivamente seco que dificultaba las conducciones del balón, el Pontevedra llegaba de vez en cuando al área celeste y provocaba córners que generaban mucha inquietud en el equipo visitante.

A raíz del tercer saque de esquina llegó el gol granate. Centro al segundo palo, dejada hacia el interior de área y remate de Ballardo (que jugó de titular en vez de Rubén López) para enviar el balón a la red.

Como ya es habitual esta temporada, el gol se revisó de arriba abajo en el monitor durante un tiempo muy largo. Esta vez para valorar si Comparada, que andaba por ahí, influía de alguna manera en la defensa, en el portero, en la solución de la paz mundial o en el descubrimiento del sexo de los ángeles.

Al final, en este sucedáneo de lo que hasta hace años se llamaba fútbol, el colegiado decidió (oh, sorpresa) que el gol subiera al marcador.

De ahí hasta el descanso, el Pontevedra se protegió atrás para tratar de “cazar” alguna contra ante un Celta que no generaba y que tuvo que esperar a que su rival le entregara directamente la pelota para conseguir la igualada.


Con el segundo tiempo llegó el primer cambio del Pontevedra. Eimil entraba al campo por Gil, provocando que Diego Gómez dejase de actuar de carrilero derecho (posición en la que sufrió bastante) y pasase a ocupar una posición más adelantada.

El calor apretaba, el Celta movía la pelota con mucha velocidad y el Pontevedra, con el paso de los minutos, trató sin éxito de apretar en busca de la victoria tomando algunos riesgos atrás que no fueron aprovechados por un filial que mostró bastante imprecisión e incluso ingenuidad en área contraria para aprovechar algunas transiciones que pudieron ser letales.

Fueron minutos a lo largo de los cuales se confirmó que Yelko (posiblemente cansado por el esfuerzo que exigía el Celta en la circulación hasta el relevo de Dela) no tenía su mejor día. Minutos en los que emergió un Montoro bestial, imperial y tremendo para abortar dos contras y sacar del barco todo el agua que no podían sacar ni un extrañamente impreciso Bosch ni un dubitativo Marqueta.

Al hilo de esto, no sé si al final jugaremos o no el play off pero ciertas renovaciones podrían sonar casi tan importantes como una clasificación por lo que supondrían para el futuro. La de Montoro resultaría un espaldarazo para un proyecto que quiera seguir creciendo, al ritmo que sea, pero creciendo.

Fueron también minutos en los que no entendía porque el Pontevedra no recurrió en ocasiones al balón largo siquiera para provocar faltas o corners en los que había sido inmensamente superior en la primera parte. No se sacó ni un saque de esquina en el segundo tiempo y creo que no fuimos conscientes de la importancia que habrían podido tener esas acciones para lograr el segundo tanto.

Alrededor del minuto 70, un Alain muy cansado tras haber intentado por todos los medios amargar la tarde a los centrales vigueses, dejaba su lugar a Joao Resende que logró dinamizar el ataque granate y aportar ese peligro en la zona ofensiva que se estaba echando de menos en la segunda parte.

A falta de Luizao (que bien nos habría venido el sábado en el tramo final) , Resende logró superar en ocasiones a los defensas rivales e incluso proporcionar un balón de gol en el 85 a Diego López que lo envío fuera cuando estaba en una posición ideal para marcar.

El partido acabó con ese empate a un tanto final y con la sensación, al menos para este atribulado bloguero, que se había dejado escapar vivo a un Celta que llegaba con alguna baja importante y que realmente no fue capaz de crear ocasión de gol de verdad más allá de aquella que nosotros mismos les pusimos en sus botas.

No quiero terminar esta columna sin mencionar que fueron sobre 6.700 los aficionados presentes en Pasarón.

Por primera vez desde el que esto escribe tiene memoria, el filial del Celta vino con viaje organizado y ocuparon su lugar en ella zona habitual de las aficiones contrarias.

También se veían camisetas del Celta en zonas, curiosamente, bastante céntricas de alguna de las gradas laterales.

Cada uno vive el Pontevedra como quiere, por supuesto. Cada uno vive el fútbol como le da la gana, faltaría más.

El que esto escribe es “abonado viejo” del Pontevedra y ni pretende ni busca que otros seguidores vivan al equipo de la misma forma.

De hecho, prefiero que en Pasarón haya 7.000 y no 3.000 personas.

Lo que se va a comentar a continuación, por tanto, no es una crítica negativa o una queja sino una sensación que no es, además, la primera vez que experimento.

Esa sensación no es otra que tener la impresión de que los días de Barakaldo y Ponferradina el partido se sintió o se vivió de forma más activa por los que allí estábamos aún siendo la mitad de los reunidos el sábado.

Ya sé que eso de “jugar el partido” por parte de la gente, está pasando a formar parte de la mente trasnochada y algo “demode” de los que ya nos olvidamos hace tiempo de los 50 años de vida pero el caso es que sí sentí que a la grada le faltó un poco de agitación, de presión, de acompañamiento.

Quizá sea solo cosa mía y esté equivocado.


Quedan cuatro jornadas y seguimos en zona playoff, quintos clasificados.

Llega ahora A Malata y todo lo que ello conlleva por este enconamiento que existen por ambas partes desde hace alguna década.

Ello provoca que cuando el Racing viene aquí se encuentra un ambiente hostil (todo lo contrario a otros equipos que han querido hundirnos y enterrarnos desde hace mucho más tiempo, por cierto) y cuando el Pontevedra va allí, se encuentra con lo mismo.

Los tiempos cambian, está claro.

Lo único que le pido al equipo, lo único, es que no siga cometiendo estos errores que no son justos con su propia trayectoria en el campeonato.

De qué van a competir, de que van a dejarse todo y de que van a representar bien la camiseta, no tengo duda alguna.

Solo pido, insisto, que no apunten “las armas” a sus pies.


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